domingo, 14 de enero de 2018

Menos charla y más acción

Mi espalda recuerda el ladrillo del paredón rústico sobre el cual yacía de diecisiete a diecinueve...

Era primavera del dos mil siete, cuando en las calles de mi barrio brotaban de tarde, flores, siestas y encuentros. No había nubes. Los días, todos soleados, negaban la Santa Rosa y espejaban tu cabellera dorada de inocencia.
Las tardes resplandecían. Tu ceño fruncido al brillo, dejaba entrever tus ojos mares inmersos en tu mirada niña.
Tu boca, que daba más besos que palabras, revoloteaba procaz e inquieta separándose así de tu ser retraído y reservado. Puesto que fue tu labio, quien años atrás y en un encuentro fortuito, supo conocer mi beso virgen.
Tu silencio, exponía mis no pocos comentarios, mi risa chirriante; denotando mi efervescente adolescencia.
Los días cerraban a texturas y nuevas sensaciones. Subsumíamos nuestro encuentro al deseo concreto, aunque callado a afectos, de exacerbar nuestros sentidos, todos.
Con el último claro del día, te acompañaba a esperar el colectivo que te llevaba a tu barrio que no era el mío, a tu noche que era otra, a tu cama otra.
Recuerdo tus palabras en la que fuera, nuestra última tarde. Adornadas con el cine, tu rock de barrio y semilladas en el capitalismo utilitario, fueron exactamente: La próxima, menos charla y más acción.
Yo sonreí con disimulado disgusto; algo de la frase anticipaba el desencuentro. Tras ella, tu brazo derecho se estiró horizontal al asfalto, perpendicular al cordón; tus piernas subieron dos escalones, tu mano izquierda soltó monedas, mientras tu espalda, caparazón de tu cuerpo, se alejaba para siempre.