Pisar las baldosas, que mis pies sacudieron en alguna escondida rancia. Esas mismas en las que vendí limonadas en verano; las que vibraron los esbozos coreográficos trazados por y para mí. Es decir, sobre las que apoyé manos para verticales o quizás medialunas, tal vez souplesse, mejor dicho, rondeau; léase, sobre las que apoyé cuerpo. Por ende, a las que pisé rápido cuando el colectivo era capaz de dar la media falta. Las que supieron de los chapes largos o las que arroparon materia en cálidas noches del verano con estrellas. Esas, que besaron las saladas lágrimas de algún desencuentro y con las que inventé poemas de destinatario anónimo.
Andarlas desinteresada y absorta en el camino que hace tiempo era magia de juventud procaz y ahora tan sólo sendero hacia, resulta injusto y lamentable.
Que me fastidie dar con el mismo trozo de piedra-calla-diluvios, que otrora hubiera preferido saltar sobre.
Que me olvide recordar los escritos sobre el cemento fresco del día que reafaltaron la calle.
Que esquive el hecho de que el ficus que da tierna sombra a mis tardes, fue el que plantamos para recordar el día que nos mudamos.
Que me olvide recordar los escritos sobre el cemento fresco del día que reafaltaron la calle.
Que esquive el hecho de que el ficus que da tierna sombra a mis tardes, fue el que plantamos para recordar el día que nos mudamos.
Azulejos, cemento, barro, excremento. Objetos perdidos y olvidados, hormigas, chicles, amigas, bicicles.