Atropello de
palabras, cuantiosos bollos agusanados de letras oxidadas que se anidaron de
haberseles censurado.
Frases enteras a las que prohibióseles transitar vía
libre, traspasar frontera, tras horas y horas de cola en la aduana del Pesamiento.
Signos de Exclamación, organizados en un collar de dudoso desenlace. Para
caber, para soportar la claustrofobia, para tratar entenderse en la heterogénea
masa de remanentes en pena.
Preguntas,
cuatrillizas algunas, solteronas legendarias que no toparon Respuesta que
bien les venga. Prefieren no amontonarse. Eligen pasear cortejando a quién las
mire seducido por su incógnita figura.
Silencios, pesados,
robustos, se asientan. Ocupan gran espacio invisible, observan, no exponen, no
mueven. Solo contemplan con la sabiduría del oportuno.
Infierno de Hades.
Dudas, de todas
dimensiones, cual microbios irrumpen cualquier sitio. Revoltosas, elásticas, bufonas.
Lo chocan todo,
lo interpelan. Menuda maniobra de exponer tan fácilmente al desnudo, pedacitos de Seguridad.
Suspiros,
nostálgicos, noveleros. Circulan valseando un lento con la música que toca para
sí, el Desahogo.
Así, estas y
otras presencias espectrales, invaden súbitamente el ordinario. Problema de los
osados, que sin pensarlo se piensan.
Habitan en un
lugar que se ignora y sobreviven con las migajas que les tira el Recuerdo.
Desconciertan. Uno
se pasma, calla al reloj, viaja al remoto donde los verbos podían contarse en
presente, relee páginas, busca los vocablos no dichos, los recorta y pega donde deberían haber ido. Para figurarse
distinto, para improvisar lo que “pudo haber sido”, de aburrido.
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