La sala es grande, es blanca. Tiene disimulado un ascensor, si bien se accede por escaleras (primer piso, a la izquierda). Cada pared, uno o dos sillones por demás mullidos de color azul océano. Dos ventanas grandes, sin cortinas. Un cuadro abstracto en igual gama. Aire acondicionado (o así lo llaman). Mucha luz.
Dos baños, uno por cada sexo (sólo dos). Puerta: Lavamanos a sensor, jabón, papel, reflejo. Puerta: Inodoro, papel, tacho de llanto.
En el medio, mesa baja, cuatro vasos de plástico con café frío, una canasta intacta de galletas monótonas y multiformes.
Detrás, otra sala más pequeña, es decir, reservada. También blanca, sin ventanas ni cortinas. Atrás, una cruz imponente a madera y un hombre clavado y cabizbajo en ella. A su costado izquierdo, ruedas metro diez de flores, yuyos y claveles. A su costado derecho, la tapa apoyada vertical, del cajón delante.
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Pararse enfrente, a ver sin lágrimas el cuerpo inmóvil y penosamente no dormido de un ser querido.
Agarrar su vida toda, quién sabe cómo y frotarla por el cuerpo propio, con el impotente deseo de hacerla viva a fuerza de recuerdos fieles.
Sentirse embaucado por la imagen de aquella materia inerte en su parecido al ser perdido; que no es tal, que no ríe, ni llora, ni reclama, ni mide, ni atesora.
Prescindir del cuerpo, botarlo fuera, enterrarlo dos, tres metros ras del césped, hacerlo cenizas, volarlo contra el viento; lo que sea, que sirva simbólica y materialmente para despedida.
Contener a abrazos y frases cortas, la culpa ajena, la carga de quien dice no haber hecho, de quien grita haber callado.
Sentirlo dolorido, llevarlo; sentirlo respirando, entubarlo; sentirlo latiendo, dolerlo.
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Heridos y despojados, todos los que estamos.
Decimos perderlo, por evitar ir a buscarlo.
Sobran condolencias y quien viene a ver más que de curioso que de allegado.
Faltan respuestas de las preguntas que todos se hacen cuando finalmente ocurre.
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